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07 . 31 . 2025

El origen de los guardaparques en Perú | Crónica de Marc Dourojeanni.

Todo comenzó en febrero de 1965 cuando se instaló a Stanley W. Taft, un joven biólogo estadounidense, apenas premunido de una carpa y de una carabina Winchester de su propiedad, en la Pampa de Galeras, a 4,100 metros de altitud en el lugar donde la carretera Nasca-Puquio coincide con el río Cupitay. Su encargo era contar y cuidar vicuñas. Lo hizo completamente solo durante varios meses hasta que, entre el 15 de julio y el 15 de setiembre de ese mismo año se realizó el primer curso de guardaparques en la historia de Perú y de Bolivia, también albergados en carpas para las clases prácticas mientras que la teoría se ofrecía en un aula cedida por un colegio de Nasca. Allí se graduaron ocho peruanos y seis bolivianos. Entre los peruanos estaban Gerardo Solier, Julio Marca, Saturnino Torres, Héctor Tupayachi, Luis Poma y Manuel López… los primeros guardaparques del Perú que durante dos años tuvieron a Stanley como colega y jefe.

Sesenta años después hay cerca de un millar de guardaparques en ejercicio, debidamente formados mediante cursos y entrenamientos de duración variable. Muchos otros ya se han retirado o fallecieron. Durante mucho tiempo esos cursos fueron ofrecidos por profesores de la Universidad Nacional Agraria de La Molina, como Manuel Ríos, Augusto Tovar, Pedro Vásquez, Carlos Ponce y Antonio Tovar, gracias a la generosidad de instituciones públicas y privadas extranjeras y gradualmente se fueron mejorando e institucionalizando y pasaron a ser financiados con recursos nacionales, como debe ser.

La situación de los guardaparques mejoró bastante con la creación del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Sernanp), lo que el Perú debe a Antonio Brack, otro gran personaje que prefería trabajar en el campo que en su despacho ministerial. Pero continuaba siendo una profesión incomprendida y por tanto martirizada por la burocracia estatal. Su porvenir dependía de personas que en su mayoría nunca habían pisado ni dormido en el desierto, en la puna o en la selva… tampoco nadado en el mar o en los ríos… ¿qué podían saber o comprender de las peripecias por las que pasa un guardaparque solitario que debe ser cocinero, sanitario, mecánico, electricista, carpintero, piloto y motorista, que debe guiar visitantes elegantes pero también tratar con invasores informales o cazadores y mineros ilegales, que debe estar alerta 24 horas al día y también al día siguiente, que debe saber dialogar y convencer, pero que debe estar listo para detener a un belicoso cazador o pescador armado o un incendiario y, además, apagar el fuego y que, asimismo, debe atender y proteger a científicos en varios idiomas, dominar las técnicas más modernas de teledetección y comunicación? En verdad, no hay nada que un guardaparque no deba hacer y saber. Pues estando en general aislados deben resolver, ellos mismos, todo lo que se requiere para sobrevivir… y para cumplir su misión.

¿Es una profesión difícil, sacrificada y arriesgada? Sí, lo es. No hay duda de eso. Pero es bella tanto por la misión, que beneficia a toda la nación, como por la oportunidad de estar en contacto con lo más hermoso y cautivante que ofrece la naturaleza. Por eso no faltan los voluntarios interesados en ser guardaparques. Pero, esas mujeres y hombres deben ser tratados bien. Es indispensable que la sociedad reconozca las peculiaridades del servicio que desempeñan. Así es como, después de más de una década de batalla conducida por muchos y en especial por los propios guardaparques, el Congreso aprobó en 2024 la Ley N.° 31991 «Ley del Cuerpo de Guardaparques del Perú», la cual ya está reglamentada y siendo aplicada.

No hay duda que esa ley es un enorme y largamente ansiado paso adelante. Un paso que, como lo indica su artículo primero, está concentrado en definir el régimen laboral y en proteger los derechos de los guardaparques que trabajan en las áreas naturales protegidas por el Estado, es decir, para el Sernanp. El recién aprobado decreto de reglamentación de esa ley suple esa deficiencia definiendo al guardaparque como «parte del personal técnico del ANP, encargado de ejecutar las diversas actividades que implica el manejo y protección del área, bajo la dirección del jefe de la misma. Principalmente es responsable de las actividades de extensión, difusión, control y monitoreo. Depende jerárquicamente del jefe del ANP».

Por otra parte, la ley deja de lado a los muchos otros guardaparques que existen en el Perú. Entre ellos, los que trabajan en las áreas de conservación regional y que dependen de los gobiernos regionales y los llamados guardaislas, que en realidad son guardaparques, aunque actualmente dependan de otro sector. Pero, asimismo, hay guardaparques en las áreas naturales protegidas municipales y, obviamente, en las numerosas áreas de conservación privadas. La ley tampoco menciona los guardaparques voluntarios que son cada día más numerosos e importantes. En la misma línea sería interesante asociar a la legislación sobre guardaparques a los cientos de custodios del patrimonio arqueológico que trabajan, viven y sufren en condiciones muy similares a los guardaparques del Sernanp. Y también se ha sugerido lo mismo para los que protegen los territorios de los indígenas en aislamiento voluntario. Es obvio que una ley que abarque todos esos aspectos sería multisectorial, aunque para los que trabajan para el sector público, el modelo de régimen laboral aprobado en la Ley N.° 31991 les corresponde perfectamente.

Otro tema de importancia es el del entrenamiento. Debe existir una escuela nacional de guardaparques, lo que no implica edificios o facilidades costosas, pero si una cierta estructura administrativa que tenga a su cargo un programa de uno a dos años de duración y adaptable a cada realidad ecológica, que pueda ser aplicado por instituciones públicas o privadas, preferiblemente universidades nacionales y que otorgue los títulos o certificados después de un periodo de estudios teóricos y prácticos. Los guardaparques pueden ser, como la ley vigente lo prevé, de diversos niveles de educación o de formación.

En la escuela debería entrar por igual indígenas sin estudios secundarios completos tanto como profesionales graduados o titulados en cualquier área. Ser guardaparque no es lo mismo que ser biólogo, forestal, médico o abogado. Es otra profesión de nivel técnico. De hecho, ya existen varios guardaparques peruanos que son graduados universitarios, lo que en otros países es muy común. Los guardaparques que ya están en servicio, por lo menos los más jóvenes, deberían ser invitados a pasar por tal escuela.

La anterior no desmerece el valor y la importancia de la Ley 31991. Apenas es para recordar que todo puede y debe ser mejor cuando se trata de conservar la flora, la fauna, los paisajes y los restos arqueológicos del país, más aún en el contexto amenazador del cambio climático actual.

Deseo terminar felicitando la extraordinaria iniciativa de Guillermo Reaño y de Gabriel Herrera para poner en valor o en su justa dimensión el esfuerzo de los guardaparques del Perú. No lo hicieron sentados en sus escritorios sino recorriendo una a una las áreas protegidas peruanas y conversando cara a cara con los guardaparques. Los testimonios recogidos deben levantar cualquier duda que algún peruano tenga sobre la importancia de las áreas naturales protegidas y el rol absolutamente indispensable de sus protectores. Sin ellos, todos los esfuerzos políticos, legales, institucionales, académicos o científicos para conservar la naturaleza no pasarían de buenas intenciones.

Fragmento extraído del libro “Guardianes. Crónicas de Guardaparques en el Perú”. Te invitamos a seguir leyendo estos valiosos testimonios que reflejan el compromiso con la conservación en nuestro país. Adjuntamos el libro completo para su descarga.

Agradecemos al SERNANP, al Ministerio del Ambiente y a Solo para Viajeros por hacer posible esta publicación.